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Andrés Fernández: la magia de la arquitectura en los ojos del historiador

Arquitecto, investigador, docente y crítico de arte, arquitectura, urbanismo y patrimonio cultural en Costa Rica, Andrés Fernández –Premio Nacional de Gestión y Promoción Cultural 2015– es por excelencia el referente de la historia arquitectónica costarricense.

La historia de este arquitecto comienza en Escazú centro, cuando con sólo cinco años, fue testigo de la construcción de la casa de quien se convirtió desde entonces, en su maestro, mentor y amigo personal: el arquitecto Roberto Villalobos Ardón. Los planos constructivos, rigurosamente detallados y enmarcados en madera y con vidrio –que andaban por toda la obra, junto con la maqueta–, eran sumamente llamativos para este pequeño, que dibujaba y pasaba metido en la construcción, viendo todo, aprendiendo y hasta, quizás, molestando un poco.

“Una mañana, mientras se construía la torre que luego resultó ser el estudio del maestro, pude contemplar, embelesado, como el albañil encargado colocaba, uno a uno y a mano, los ladrillos que componían su mampostería, mientras se guiaba por el plano constructivo que tenía al frente precisamente para ello. En mi sorprendida inocencia, no pude sino preguntarle al maestro de obras, señalando al plano: ¿Eso que él está haciendo, es lo que está en ese dibujo? … Sí –me respondió”, asegura.

Para Fernández, eso fue descubrir la magia, la cosa más maravillosa que había contemplado hasta entonces: ¡Los dibujos se podían volver realidad! En la tarde le contó a Carlos, uno de sus hermanos mayores lo que había visto; él fue quien le dijo que el dueño de la casa era arquitecto, y procedió a explicarle lo que hacían en esa profesión, a lo que su contundente respuesta fue: “Yo quiero ser arquitecto”.

Andres Fernández

Andres Fernández

Como si se tratase de un mundo paralelo, dos libros iniciaron su inclinación por la historia, una vieja historia de Grecia –la de Secco y Baridón– y la historia de Costa Rica de Carlos Monge Alfaro; desde entonces es un apasionado de la historia clásica y de la historia patria, así como de escribir.

“Ahora, visto retrospectivamente, pienso que era inevitable que, en algún momento, llegara a combinar ambas pasiones: el interés por la práctica del arte y la arquitectura, además de la vocación por escribir sobre historia”, agrega Andrés.

En aquel Escazú de los años setenta, cursó la escuela y, a principios de los ochenta, la mitad del colegio, la otra mitad la hizo en San José, donde estudió dibujo arquitectónico; todo ello en educación pública, pues entonces esos eran los medios para el hijo de un obrero de la construcción. Posteriormente fue a la Universidad de Costa Rica, propiamente a la Escuela de Artes Plásticas, donde estudió diseño gráfico, aunque en realidad fue su estrategia para aprovechar y llevar todas las materias de su interés, desde historia del arte hasta introducción a la política y, sobre todo, para darse gusto leyendo en las  maravillosas bibliotecas de la UCR: la Monge Alfaro, la Tinoco, la de Bellas Artes y la de Lenguas Modernas.

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“No fue sino en 1992, gracias a una afortunada circunstancia familiar, que pude empezar a estudiar arquitectura en el entonces Colegio San Agustín de la UACA, en el que me gradué 6 años después, cuando ya era la UNICA. Fue ahí donde se presentó ese momento en que mis pasiones e intereses se combinaron en lo que ha venido a ser mi contribución a la cultura de nuestro país: ya durante los exámenes de grado del bachillerato –en tercer año–, presenté un trabajo sobre la evolución histórica de la vivienda en San José durante la primera mitad del siglo XX” –menciona.

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Casero, sencillo y reservado, según él, la vida de Andrés Fernández en términos profesionales, ha sido muy rica, ya que pese a que ha tenido que desenvolverse en un medio lleno de limitaciones materiales e intelectuales como es el costarricense, más que obras arquitectónicas de diseño propio, se ha visto marcado, y a mucho orgullo, por algunos trabajos de restauración. Entre ellos, cabe mencionar, la del edificio del Pasaje Cristal, en Limón; la restauración de las fachadas del antiguo Teatro Raventós, y la del diseño arquitectónico del reforzamiento estructural de la antigua Aduana, un trabajo que, asegura, le llena de gran satisfacción y que disfruta cada vez que visita ese recinto.

Desde hace diez años tengo la empresa 3punto14 S.A., dedicada al diseño y la construcción, que fundé con mi socio el ingeniero Pablo Villalobos. Actualmente tenemos en proceso dos casas de playa; y por mi parte continúo dando clases, charlas, conferencias y recorridos urbanos, que son el complemento socializador de mi permanente trabajo de investigación. En ese sentido, aparte de las crónicas que siguen apareciendo en la revista Áncora con regularidad, trabajo en un libro sobre la rica historia del antiguo Teatro Raventós, que es en gran medida una historia cultural de la ciudad capital”, señala el historiador.

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Este experimentado arquitecto dedica el tiempo libre a la lectura sobre historia y sociología, civilización y cultura occidental, religión y simbolismo, filosofía y teoría política, literatura y arte, entre otros temas. Además, asegura disfrutar la novela y la poesía tanto costarricense como universal; también escucha música rock y trata de ver una película al día, además de viajar cada vez que puede a alguna ciudad importante; lo que le permite visitar museos para ver la pintura de los grandes maestros, visitar algunos edificios emblemáticos, comprar libros y caminar horas por las calles con desorientada pasión.

Para un arquitecto con ese perfil, hay una pregunta clave: ¿qué tipo de arquitectura prefiere? –a lo que su respuesta es clara: “La del Movimiento Moderno, es decir, la arquitectura del siglo XX por excelencia, esa que se desarrolló en Europa en el período de entreguerras y que se proyectó luego a todo el mundo mediante el llamado “estilo internacional”: volúmenes sencillos, líneas rectas, paños lisos, transparencia, liviandad, colores claros, indeterminación entre el adentro y el afuera, integración por contraste en el paisaje natural, es decir, poesía tridimensional de concreto, acero y vidrio”.

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Por ello, explica Fernández, su gusto en Costa Rica por la obra del arquitecto Enrique Maroto Montejo: precisamente por ser plenamente moderna en el sentido anotado. “Su casa de habitación, en el barrio Los Yoses –nuestro barrio moderno por antonomasia–, de 1953, es una extraordinaria obra arquitectónica de la que los costarricenses deberíamos sentirnos muy orgullosos, pues con ella, los principios globales del Movimiento Moderno de la arquitectura, se manifestaron de una manera local, en una modernidad costarricense, tropical. Mientras que, a nivel internacional, me gusta la obra de arquitectos modernos como el alemán Ludwig Mies van der Rohe y la del mexicano Luis Barragán: el Pabellón de Barcelona, del primero, y la Capilla de las Capuchinas, del segundo, son sin duda dos de las obras que más han conmovido mi ser”.

En ese sentido, puede decirse que el arquitecto Fernández es el vivo reflejo de que la riqueza de la vida no reside únicamente en lo material, pues hay ocasiones en que un conocimiento como el suyo puede ser la clave del éxito profesional y la tranquilidad espiritual: “Soy del parecer de que la erudición, más que en poseer muchos datos, consiste en la capacidad de relacionarlos entre sí y producir resultados tanto analíticos como discursivos, coherentes y comprensibles para los demás. De lo contrario, es mera pedantería”. 

La receta para ser un buen historiador

El ser historiador, investigador, arquitecto y amante de la vida no es tarea fácil, y mucho depende del hábito de la lectura: “Leer de todo un poco –anota–, enfocado, eso sí, en el tema de investigación del que se trate; pero atento a cualquier otro dato o pista sobre otros temas que puedan aparecer en esa lectura”.

El siguiente paso es ser ordenado mental y físicamente, para que ningún dato y su referencia se extravíen en el transcurso del proceso: “Luego, es nada más de hacer análisis de esos datos, en lo cual hay mucho de disfrute. Eso sí, no me pida, por favor, que recuerde un número de teléfono o una fecha de cumpleaños”.

Gracias a su incansable labor, Andrés Fernández asegura que se siente contento de ser reconocido por sus conciudadanos, ya que eso de señalarlo como el principal referente de la historia arquitectónica de Costa Rica es un criterio compartido por muchos de sus colegas y otros especialistas. “Es merecido, pues si bien es cierto que mi trabajo se apoya en el de quienes me han precedido en este campo –trátese de arquitectos o de historiadores– eso es algo que he procurado poner siempre de relieve”.

Esa labor de divulgación que emprendió desde hace muchos años, ha logrado poco a poco que mucha gente acceda por primera vez a la historia de un país con mucha riqueza en su propia historia social, con la arquitectura histórica como pretexto para ello. Eso es algo que nadie más había hecho y eso es lo que hace de Fernández el mayor contribuyente actual a esa parte de la historia cultural, además de un referente profesional.

“Algo que me hace sentir muy bien y que me sucede desde hace años y cada cierto tiempo, es que en una panadería o en una verdulería, en la calle o en la cantina, hay gente a la que no conozco, gente de los más distintos estratos sociales y niveles educativos, que se acerca y me felicita por mi trabajo: eso es algo extraordinario, sobre todo en un país donde hay quienes dicen que a la gente no le interesa su historia, cosa que puedo decir que es totalmente falsa. Además, he de decir que mi divulgación de la historia arquitectónica de Costa Rica, ha venido ganando terreno internacional y eso me llena de profundo orgullo y satisfacción, pues tanto del pasado como del presente, tenemos verdaderos valores arquitectónicos que dar a conocer allá afuera”, menciona.

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El investigador comenta que los libros publicados son algo especial en su vida, pues condensan el esfuerzo de años de trabajo y lo ponen a disposición de sus semejantes, que es lo que más le interesa. También destaca proyectos personales que van adelante desde años atrás, como, por ejemplo, la cátedra de “Historia de la arquitectura en Costa Rica”, que ha realizado con el apoyo de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Veritas.

Sin duda alguna, el legado de Andrés Fernández ya es grande; pero es, además, una obra que muchas generaciones podrán ver, conocer, entender y, sobre todo, mantener viva como la esencia de aquellos años que de no ser por su esfuerzo, habrían quedado olvidados por inocencia o por torpeza de quienes no lograron antes entender la riqueza arquitectónica que Costa Rica ha tenido… y tiene aún que dar a conocer.

 

LIBROS PUBLICADOS

 

Hernán Arévalo en blanco y negro

(Ediciones Perro Azul, 2000)

Un país, tres arquitecturas. Art nouveau, Neocolonial Hispanoamericano

y Art Decó en Costa Rica 1900-1950 (Editorial Tecnológica, 2003)

Imaginario. Un itinerario josefino (con la pintora Virginia Vargas)

(Editorial Costa Rica, 2004).

Barrio México Art-Decó. Un barrio josefino de 1930-1950

(separata de la revista Herencia, 2006)

Hernán Arévalo a todo color

(Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2008)

Los muros cuentan. Crónicas sobre arquitectura histórica josefina

(Editorial Costa Rica, 2013)

Punto y contrapunto. La Plaza de la Cultura

(Museos del Banco Central de Costa Rica, 2014)

Pasado construido. Crónicas sobre arquitectura histórica josefina

(Editorial Costa Rica, 2016)

En publicación, Colegio de Arquitectos de Costa Rica: su historia

(CACR, 2017)

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