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Detrás de la nieve, Vilna, rodeada de lagos y bosques, se asemeja a un decorado de una película que aún no empezó a filmarse. Silenciosa, pulcra, coqueta, en pausa. La capital lituana, de 600.000 habitantes, es una obra maestra de la arquitectura barroca, atravesada por fachadas de corte imperial, torres de espejos y un cinturón de monobloques soviéticos.

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En lo alto de la colina, a los pies de la iglesia ortodoxa, el mercado de antigüedades es una vitrina que exhibe los restos de los últimos dos siglos. El trato es directo. Hay billetes de la época del zar, espadas teutónicas, diarios soviéticos, estampillas polacas, cámaras fotográficas alemanas, recuerdos de Kaliningrado, cuadros de Marx, Lenin y Stalin. Los uniformes se exponen, indistintos y obscenos, repletos de insignias: el martillo y la hoz se confunden con las esvásticas de la Wehrmacht. Los vendedores, lituanos y rusos, de no menos de 70 años, tienen el rostro marcado por el frío, el vodka, las guerras; comparten una biografía en común. Cuando Stalin era el padre todopoderoso, eran niños educados en el culto al máximo líder soviético, héroe invencible de la Gran Guerra Patriótica, que salvó al mundo de la barbarie nazi, en la que murieron muchos camaradas, más de 20 millones.

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Desde la arteria principal, Pilies, se derraman las pequeñas calles, donde convive la herencia jesuítica, polaca, alemana, rusa y judía. Las distintas formas de la dependencia son espacios, nombres e idiomas, que en una ciudad de historia convulsionada jamás son exclusivos. La iglesia más antigua de la ciudad, San Casimiro, fue construida por los jesuitas en el siglo XVII, convertida por los zares en iglesia ortodoxa y transformada por los soviéticos en un museo del ateísmo. Apodada la Jerusalén del Norte, la ciudad fue la sede de una prestigiosa comunidad judía, integrada por reputados teólogos, exterminada por los nazis en un mes. Vilna detenta, en Europa, un curioso récord: cambió de invasores más de diez veces.

La bandera lituana, tanto tiempo proscrita, flamea esta mañana sobre una torre de ladrillos rojos, en lo alto de la Colina de Gediminas, el fundador de la capital lituana. Desde la colina, el cielo es atravesado por los tejados rojizos, y las cúpulas: católicas, ortodoxas, judías, caraítas. Hace menos de tres décadas, las iglesias eran graneros, bodegas y museos del ateísmo. En el centro de la ciudad, la catedral, el símbolo más importante del catolicismo lituano, construida en 1251, es un edificio de columnas imponentes: un manto blanco, delicado y etéreo, donde descansa el cuerpo inhumado del gran duque pagano Vytautas. Sobre la explanada, un zócalo indica el lugar preciso donde se desarrollaban los ritos populares, a metros de la estatua del fundador de Vilna: el duque Gediminas, otro pagano. Las fronteras sagradas, delimitadas con pulcritud, no impiden que todos los estilos de la arquitectura centroeuropea –de tradición católica– se combinen a la perfección con el pasado gótico y barroco medieval.

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En la avenida principal, Gedimino Prospektas (antigua Stalin y Lenin), hay boutiques, restaurantes, bancos, agencias de viajes, y la ex prisión de la KGB (el aparato de la policía política de la seguridad soviética), hoy, Museo de las Víctimas del Genocidio. En 1991, Lituania, treinta veces más pequeño que Rusia, fue el primer país de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en restaurar su independencia. En ese momento, las plazas de los pueblos y ciudades eran decapitadas por los golpes de la historia. Stalin caía bajo los golpes de la emoción. Lenin sobrevolaba la ciudad, colgado de arneses, tembloroso. El busto del guía espiritual, de metal, bronce o piedra, era trasladado fuera de la capital. En ese momento de independencia, las estatuas soviéticas eran deportadas y olvidadas en los depósitos. Las estatuas inanimadas dejarían de recortar el horizonte, se convertirían en una atracción turística, en el corazón geografico de Europa, en el país báltico más grande, y más poblado, de las ex repúblicas soviéticas.

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A 130 kilómetros de Vilna, en el Sur de Lituania, circulan muchas leyendas sobre el coraje del pueblo. Los habitantes de la región de Dzukija fueron siempre los primeros en impedir, aunque siempre derrotados, el paso de los ocupantes. En el parque nacional de Dzukija, cerca de la frontera con Bielorrusia, y a cuatro kilómetros de la ciudad de Druskininka, el Parque Grutas es el único museo a cielo abierto del mundo consagrado a la memoria soviética. Las estatuas de siempre fueron deportadas aquí, en Gruta, un pueblo de unas pocas casas de madera y 20 hectáreas de reflexión sobre el pasado. El bosque sublime y frondoso, de pinos y lagos, entrecortado por los bustos de la URSS, se parece a Siberia, donde fueron deportados más de 130.000 lituanos. Hay más de 80 estatuas; tantos Lenin, muchos Stalin. Los rostros inmaculados, cortes gruesos y formas duras, decoran los universos de los goulags. Las torres de control se inclinan sobre los vagones utilizados para las deportaciones y los trabajos forzados. La propaganda soviética flamea entres las coníferas del parque de atracciones.

 

 

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