fbpx

Estival de tres destinos europeos

Biarritz. Una ola se adelanta del resto, se yergue, esbelta, ligera: se infla, simétrica –como las de Hawai, Australia y Nueva Zelanda–. Erecta, a más de tres metros, desciende: se despliega y derrama a los pies de la costa vasca. Frente al mar Cantábrico, Biarritz, de 30.000 habitantes, se extiende sobre siete u ocho colinas a lo largo del golfo de Vizcaya.

4-

El pueblo, suroeste de Francia –a 20 km de la frontera española, corazón del País Vasco–, era un puerto pesquero de ballenas, habitado por marinos, agricultores y pastores. A mediados del siglo XIX, por los caprichos de una mujer, el puerto reemplazó a las ballenas por la realeza. El emperador Napoleón III construyó un palacio para su esposa: la española Eugenia de Montijo. La magnífica residencia de verano, en la punta de un acantilado, se convirtió en el destino de la nobleza europea de la época: desde la reina Victoria, hasta Elizabeth de Austria. Con la muerte de Napoleón, la emperatriz Eugenia abandonó la propiedad, donde en 1881 se abrió un hotel, el exclusivo Du Palais, símbolo histórico de la costa vasca; considerado uno de los 100 mejores hoteles del mundo.

10-

La tradición vasca se refugió en las tierras interiores, en los Pirineos, lejos de la costa, donde los descendientes de los primeros vascos se dedican al cultivo y al pastoreo. Solo hablan euskera y son una minoría. Nunca bajan a la playa.

En la ciudad, los símbolos del pueblo originario se encuentran en los típicos mercados con especialidades de la región (queso de oveja, pimientos del piquinillo, magret), los campeonatos de pelota vasca y las corridas de toros. Durante la temporada de verano, la tradición dialoga con el glamour discreto de la aristocracia que sustituyó, en la estación balnearia, a la marea de gente que llegaba durante la Belle Époque.

5-

Esta mañana, las previsiones indican marea baja. Los surfistas fuera del agua parecen perdidos en estas rocas de pasado noble y presente aristocrático. La arena es fina, el agua transparente. La espera monacal del surfista llegó a su fin. La olas se enlazan, crispan y yerguen, hasta desfallecer.

2-

Marseille. Si París fuese un filme, Marseille sería su parodia. Detrás de las colinas de Aix-en-Provence y de cara al mar, la segunda ciudad de Francia es la hija no deseada. Sus más de 800.000 habitantes son marselleses antes que franceses. La ciudad mediterránea, nacida de amores fenicios y refinamientos helénicos, es considerada como un barrio de Argelia. La Canebière, la avenida principal, custodiada por estos edificios haussmanianos deteriorados, nace en el puerto y termina en lo alto de la ciudad. Durante la segunda guerra, sus cafés y restaurantes cercanos al puerto eran el refugio de intelectuales y artistas que escapaban de la capital. Aquí, hoy, se encuentran los mejores restaurantes de cuscús al Norte del Mediterráneo. El sol, ahora, broncea dulcemente las terrazas de los cafés del barrio La Plaine, la zona en donde se piensa lo que ocurre más abajo, donde se lee a Jean-Claude Izzo –el escritor fetiche local.

La ciudad es un gran mercado tropical en el Marché du Soleil, en las calles del barrio de Belsunce y en la Cours Julien. Hay telas apiladas, olor a especias, telas de colores, frutas maduras recalentadas, botellas de Zamzam (el agua de la Meca), y discos falsos de Oum Kalsoum, la Gardel de Egipto, la llamada cuarta pirámide.

En el Panier, el barrio más antiguo y pobre del país, la ropa cuelga de las ventanas, una práctica prohibida en Francia. Es pintoresco y gastado, con calles angostas de piedra y edificios apretados de no más de cuatro pisos. Esta noche, en la esquina, el raï, estilo de rap franco-magrebí, se filtra por las paredes. El restaurante tiene siete mesas, y la moza es una joven senegalesa. Los clientes toman La Gazelle, cerveza del oeste africano. Hay historias puras de inmigrantes seculares y nocturnos. Cuentan que Arthur Rimbaud desembarcó en Marseille en 1891. En esa época, el poeta traficaba armas. Lo internaron en el hospital de la Conception, donde le amputaron una pierna –secuelas de sus viajes por África negra-. Meses después, Rimbaud moriría a los 37 años, aquí, en la ciudad que Aristóteles, en «La república de Marseille», consideró como modelo político para el mundo griego.

Rocas y mar, contemplacion frente a Ses Platgetes

Rocas y mar, contemplacion frente a Ses Platgetes

El barco sale un poco más tarde de lo previsto. El sol es agresivo cuando sopla el Mistral. Hay centenares de pequeñas embarcaciones. En lo alto de la ciudad, como un faro, se inclina la basílica de Notre-Dame de la Garde (llamada «La bonne mère»), de estilo romano-bizantino.

El barco avanza hacia el mar abierto, dos masas de tamaño comparable dominan el horizonte: la catedral Nouvelle Major, del siglo XIX, se levanta en forma de cruz latina de más de 140 metros. Al frente esperan los enormes transatlánticos, en el puerto de La Joliette, con destino a África del Norte. A los costados, se despliega una seguidilla de playas, con construcciones neobalnearias, de arena fina y agua transparente: el Prado, la playa de Corbieères, des Catalans, de la Pointe-Rouge, hasta llegar a las Calanques. Este macizo se extiende a lo largo de 20 kilómetros. Es una caída rocosa abrupta, de color blanco, sobre el mar, formada a lo largo de miles de años.

8-

Minutos más tarde, el horizonte es el azul del Mediterráneo y un pequeño pedazo de tierra en el centro. Es la isla de If. En 1530, François I construyó la fortaleza militar que con el tiempo se convirtió en una prisión. Pero la isla es, sobre todo, célebre porque el escritor Alexandre Dumas ambientó en este lugar uno de los libros más leídos de la historia, El Conde de Montecristo.

Vista panoramica de los acantilados de la Mola

Vista panoramica de los acantilados de la Mola

Archipiélago balear. La isla de Formentera, una tierra de reptiles y flower power, mojada por aguas cristalinas y turquesas: es un pedazo de luna rodeada por el mediterráneo. El cronista griego Estrabón la llamó Ophiusa (tierra de reptiles). En la costa oeste, las tardes son crepusculares en Sun Splah, chiringuito destartalado y refugio de Philippe Starck, Ron Arad, Pink Floyd y Kate Moss. En los sesenta, era el escenario improvisado de Bob Dylan, Nina Hagen y los gurúes de la Beat Generation. Al amanecer, en la playa de Migjorn, la isla se sume en un silencio profundo, absoluto: es el silencio del mar, de las rocas, del mundo…

 

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    Comprar por departamento