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Aimée Joaristi: El arte como escisión de todo

por: Antonio Enrique González Rojas

Muchas pistas provee al espectador circunstancial el título de la muestra Escindida, integrada por más de una veintena de telas de la artista Aimée Joaristi, y expuesta en las paredes de GTG desde el 26 de mayo.

Cada pieza creativa puede siempre considerarse una emanación de su creador, un efluvio, una derivación cuya individualidad no llega a marcar nunca una emancipación total de su génesis, de su kilómetro cero. Resulta más bien recurso y método —simultáneamente— de propagación y de perpetuación del artista. Una escaramuza ubicua para multiplicarse en el mundo, para reproducirse de manera autónoma y asexuada. En el caso de la Joaristi, una partenogénesis.

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A la vez, este acto de concepción no está exento del dolor, del sacrificio, del desgarre; y puede acercarse a la mutilación. Como esos míticos gigantes genésicos cuyo desmembramiento propicia el surgimiento del mundo. Cada creación puede suponer para el artista, precisamente, una escisión. Una fragmentación dolorosa en disímiles avatares.

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Pero no solo es el artista quien resulta escindido en un acto autosacrificial puro, sino que el carácter dialógico intrínseco al accionar humano, determina que este indague en el cosmos, en la realidad. Y la segmente, la desmenuce, la descomponga en los menudos pedazos que sean necesarios. En fin, que escinde sus circunstancias, el entorno, la mera existencia. Desafiándola, reordenándola, repensándola, negándola, despreciándola, trascendiéndola. Hurgando en las paredes de la realidad, abriendo hendijas y grietas en las leyes naturales para otear —y permitir a otros que oteen también— lo que hay detrás del ajustado tejido del mundo “real”.

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La Joaristi saja pues las muradas de su realidad, de su mismo cuerpo físico, para proponer en sus dilatadas telas intensos atisbos a un universo de puros movimiento y energía. Donde reinan las ideas, las sensaciones en sus faces visibles. Es el suyo un abstraccionismo emotivo, provocador, cuyo propósito último parece ser la traza, el testimonio de un acto expansivo —más que expresivo—: que fue el paroxístico acercamiento de la artista al lienzo, de la catarsis liberadora que es la plasmación de sus tormentas internas en la superficie imprimada. La Action Painting está presente. Se presiente.

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La tela deviene finalmente espejo donde se refleja la artista en instante único e irrepetible de su existencia —dada la singular mixtura de experiencias y sentimientos que resulta cada segundo de un ser humano, ineluctablemente susceptible de transmutar al segundo siguiente, ya discordante, por las nuevas adiciones que a la personalidad han proporcionado el contexto y la psiquis—, y   queda atrapada la cartografía sensorial específica e irrepetible de entonces.

Una vez más, los títulos dan fuertes pistas para leer la obra expuesta de Aimée Joaristi. Miramar, Cólera, Vortex, La risa falsa, Disidente, Esperanza, Impaciente, Impertinente, El payaso, Corazón partido, La Farsante, La playa, La horrible noche… Sustantivos concretos, llanos y nítidos como títulos de malas películas, expositivos quizás de los sujetos, espacios y conceptos que motivaron las respectivas obras. Resultado de un Test de Rocharch inverso muy personal, donde la palabra fue traducida a la mancha abstracta. Glosario sensorial de la creadora. Juego asociativo al que todos están invitados. Colección de autorretratos psíquicos, de fotografías tomadas con una cámara Kirlian galácticamente avanzada. Diario de sensaciones. Paisajismo mental. Figuración emotiva. Esencias destiladas hasta la mayor pureza alquímica posible. Malabarismo cromático. Rabieta colorista. Paleta de alaridos. Fantasmas exorcizados, contenidos en estas trampas y exhibidos. A la larga, derivaciones del ser.

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Tan contrastantes son los títulos con las obras, como estas con los propios límites geométricos (círculos, cuadrados, rectángulos) que demarcan los bastidores respectivos. Formas euclidianas, netas, racionales, en cuyas entrañas yacen la energía y el movimiento inmensurables, lo adimensional —que no es por obligación un estado de ningunidad.

Aimée Joaristi hace de Escindida una nueva ceremonia de desmembramiento ritual, y esparce por las paredes de GTG sus fragmentos insuflados (¿con ínfulas?) de totalidad, para crear su mundo. Para crearse como mundo. Se esparce. Se expande en una omnipresencia casi perturbadora de tanto color, gigantismo, vibración. Los espectadores, atrapados en un panóptico inevitable.

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